viernes, 30 de septiembre de 2011

La narrativa épica. El cantar de Mío Cid.

"Estimados pupilos" ahí va la primera entrega de resúmenes, leed y estudiadlos con atención e interés para un mayor conocimiento del tema.



En las más distintas y alejadas culturas existe y ha existido una poesía tradicional, popular, oral y anónima por esencia o por casualidad que celebra las hazañas de sus antepasados, las victorias del propio pueblo, las guerras contra vecinos u opresores. Se trata, pues, de una poesía heroica universal de la que son muestras la Ilíada, la Odisea, el Hildebrand germánico, el Beowulf británico, la Chanson de Roland francesa o el Cantar de Mío Cid hispánico. Asimismo podríamos añadir a este inventario la poesía que ha vivido oralmente, recogida hace tan sólo siglo y medio de países europeos como Grecia, Albania, Estonia y también una poesía épica de Asia o de África.

Estos poemas son la expresión de culturas alejadas entre sí tanto geográfica como cronológicamente cuyo análisis nos lleva a la conclusión de que hay entre ellos similitudes y paralelismos, sea en cuanto a la transmisión, a la técnica narrativa o rasgos expresivos. Sin duda alguna el arte tradicional comparte en sus diversas manifestaciones una técnica especial y propia, lo cual nos remite al concepto de universalidad de la poesía épica o narrativa que la escritura ha recogido o vive en estado latente siglo tras siglo.



La epopeya romance adquiere identidad propia en los cantares de gesta, de los cuales se conservan un centenar, la mayoría en francés. Fueron poemas concebidos, al igual que la epopeya homérica, para ser escuchados. Los juglares los divulgaron frente a un público aristocrático o bien popular. Es por tanto ineludible en esta exposición sobre la épica en lengua castellana referirnos al oficio de los juglares o “mester de juglaría”. Desde principios del siglo XX, tras las exhaustivas investigaciones de Ramón Menéndez Pidal (1868-1969), el estudio de la épica castellana queda perfectamente imbricado al del Cantar de Mío Cid, cuyos más de tres mil versos son la clara expresión de la idiosincrasia de la épica castellana.
Seguimos los estudios de Menéndez Pidal para referir los rasgos característicos de la épica castellana, a diferencia de otras manifestaciones foráneas. Dichas características, que a continuación mencionamos, sirvieron al investigador para abonar su teoría de la tradicionalidad. Así pues destacan la constante irregularidad y la asonancia del verso de los cantares de gesta castellanos frente a la regularidad y uso del consonante que caracteriza a la francesa.
El tema del Cantar es menos controvertido. El tema central es el honor del Cid, el cual se halla unido a la estructura. El Cid pierde el honor y su propósito es reestablecerlo. Desde esta óptica, el poema queda dividido internamente en dos partes, a pesar de la consabida estructura tripartita en cantares: “Cantar del destierro”, “Cantar de las bodas” y “Cantar de la afrenta de Corpes”. La estuctura interna se fundamenta en la doble deshonra del campeador. Comienza el cantar in media res (faltaría una página inicial en el manuscrito conservado) con el destierro injusto del Cid, hasta la consecución del indulto real; esta parte ocupa más de la mitad del poema pero enlaza perfectamente con la segunda que comienza antes de la terminación de la primera, cuando los infantes deciden que sería ventajoso para ellos casarse con las hijas del Cid. En esta primera parte el héroe pierde el honor como guerrero.

En el verso 1372 aparece una pincelada que rompe la creciente victoria del Cid: la aparición de los infantes de Carrión, orgullosos y egoístas. El Cid entrega 200 caballos al rey y esto significa el culmen de la reconciliación; insiste que siempre le servirá y le regala la tienda de campaña del rey moro. Los infantes piden la mano de las hijas del Cid al rey que se la concede a pesar de sospechar su intención poco limpia. El rey perdona definitivamente al Cid, felicidad que no culmina al saber éste la petición de boda. Las bodas unen el rey con el Cid en la honra. El Cid, personaje ideal, perfecto y mesurado, guiado por su premonición agorera, no entrega a las hijas de su mano, sino de Minaya. A partir del 2º y 3r Cantar los hechos se aceleran y aparecen elementos más novelescos que se extreman en la afrenta de Corpes. La honra del Cid cae nuevamente, esta vez como padre, con el ultraje a sus hijas por parte de sus maridos. De algún modo, es también la deshonra del rey que se solidariza en el dolor con el Cid. El Cid, buen vasallo, justo y mesurado, no se enfrenta directamente a los infantes como haría un villano del teatro del Siglo de Oro. El Cid pide unas justas para juzgar a los maltratadotes. Finalmente el Campeador conseguirá el cénit de su honra al casarse sus hijas con los infantes de Navarra y Aragón, se ha convertido en un personaje de parentesco regio: “Hoy los reyes de España sus parientes son”.

Esta estuctura se denomina, según Deyermond de contrapunto. Se parte desde una base donde aparece el personaje del Cid que va prosperando en honra. El poema no acaba y nuevamente la honra del héroe decae; pero la recupera y aún sube más alto que antes al emparentarse con la realeza. El Cantar de Mio Cid es un libro perfectamente planeado dado que todos los elementos tienen una explicación temática y estructural.

En referencia al estilo del Poema del Cid, es de destacar como apunta Dámaso Alonso, que la épica medieval está a medio camino entre ser narrativa y ser dramática. Observamos que en el poema el paso al lenguaje directo se hace muchas veces sin verbo introductor. Las oraciones son sencillas, escasean las subordinadas y destaca la completa omisión de los enlaces que va a tener un siglo más tarde la prosa de las crónicas.
El lenguaje empleado es el castellano de la época con ciertos dialectalismos, sobre todo aragonesismos, y que acoge arcaísmos propios del lenguaje artístico e incluye el empleo de la paragoge. La tradición oral de la épica había cantado o recitado siempre sus versos colocando la –e paragógica después de la vocal acentuada al final de un verso, haciendo de esta manera todas las asonancias dobles y todas iguales. A menudo la –e adicional representaba un recuerdo de la –e existente en los infinitivos y nombres latinos, que todavía se pronunciaba en el siglo X en Castilla. La e paragógica era, pues, una licencia poética muy usada en un género que tenía sus rasgos y convencionalismos arcaicos, como correspondía a la nobleza y antigüedad de los temas. La primera parte del poema es básicamente una narración de hechos militares; la segunda, más colorista y dramática en su invención. A pesar de esta diferencia de tono entre las partes, los temas centrales del drama se mantienen consistentes a lo largo del poema, algunos versos e incidentes hacen referencia a otros anteriores y posteriores, y los personajes son notablemente constantes.

La estructura métrica del poema es muy sencilla. Los versos están agrupados en párrafos que encierran una misma idea, a los que se denomina con el término francés de “laisse” o los españoles de serie y tirada. Dentro de cada tirada la asonancia es más o menos continua. La serie más corta del poema consta de tres versos; la más larga de 190. Hay algunas series paralelas en las que se recapitula brevemente el tema anterior, unas veces por énfasis y otras para dar el resumen de algo que ha sido interrumpido en la recitación; nuestro poeta no hace mucho abuso de esta técnica, que puede ser heredada de un pasado oral o un intento de la práctica francesa. Un aspecto gramatical de interés es la extrema libertad que muestra el poeta en el uso de los tiempos verbales, libertad que sería probablemente algo característico de la épica y que será una constante en los romances. Se distingue en seguida el uso del presente histórico para hacer más vívida la narración.

La narración del Cid se impregna de claridad, simplicidad y economía de estilo. Incluso el epíteto épico o la expresión más mecánica que le sirve para llenar un verso realiza una función estructural, estética o melódica. Asimismo el poeta muestra gran capacidad para combinar la narrativa con los elementos del discurso directo.
El detallismo es otra característica destacable.

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