jueves, 17 de noviembre de 2011

Formas narrativas del Renacimiento

Como ya tenéis información sobre el contexto histórico-social de la época, sólo os paso unas pinceladas del contexto cultural y la ampliación de las formas narrativas que dimos en clase.Tenéis que recoger las ideas más importantes de los siguientes géneros.

Hacia finales del s.XV y principios del XVI, confluyen una serie de acontencimientos de índole socio-cultural que propician el aumento y desarrollo de los géneros narrativos. A grandes rasgos, podemos destacar como factores relevantes para dicha evolución los siguientes: la invención de la imprenta, que al abaratar los costes, supone la ampliación del público lector y posibilita una lectura más reflexiva y personal, pues permite volver a pasajes ya leídos y aclarar fragmentos oscuros. Asimismo, llega a la lectura una nueva clase social formada por burgueses, estudiantes y mujeres cuya nueva sensibilidad se expresará en muchas obras de la época. Por otro lado, la nobleza feudal va a hacerse más cortesana y refinará sus gustos, con lo cual surge un concepto de caballero más idealizado, representante por excelencia de las novelas de caballerías. A todos estos elementos, se une la influencia del espíritu renacentista italiano, que no sólo abarcará las formas sino también los temas que impregnarán la narrativa de esta centuria. De ahí que nos encontremos con un variado repertorio de géneros novelescos que, si bien divergen en muchos aspectos, coinciden en tener como eje temático el idealismo del amor cortés o el neoplatonismo renacentista. Libros de caballerías, novela pastoril, novela bizantina o novela sentimental son algunos exponentes de novelas de corte idealista que, según una parte de la crítica, responde a la necesidad que siente la población de crearse paraísos idealizados en una época que está acabando con los reductos sentimentales de la época anterior e intenta escapar de una realidad que no acaba de convencer. Sin embargo, frente a esta ficción idealista, surgen, a su vez, unas obras deudoras de La Celestina que, precisamente, se nutren de esa realidad, a veces, incómoda y nada ideal para retratar los ambientes urbanos de la época. Sin duda, la obra que marcará un antes y un después en la narrativa del Renacimiento será El Lazarillo de Tormes, obra singular por cuanto se resiste a cualquier tipo de delimitación genérica. No obstante, su aparición fue clave para el desarrollo posterior de un tipo de narraciones que, al margen de la individualidad propia de cada obra, siguen el modelo original y aportan una serie de convenciones a partir de las cuales se moldea un género literario inédito: la picaresca. Las obras representativas de dicho género son El Guzmán y el Buscón. De todos modos, conviene puntualizar que, aunque comparten ciertos rasgos formales o incluso temáticos, estas obras se alejan de su predecesor en la medida en que tiene más peso el valor moralizante o satírico de la obra, que la autononomía del personaje que sí encontramos con Lázaro. El Lazarillo no es sólo el retrato de la sociedad del s.XVI, es, sobre todo, la obra que construye un personaje “real”, con hondura psicológica y valor universal. De ahí que consiga la empatía y la complicidad no únicamente del lector de su época, sino del lector de todos los tiempos.

La producción del género narrativo durante el Renacimiento es muy fértil y abundante. Nos encontramos con un despliegue enorme de formas narrativas muy dispares debido a la riqueza de influencias y modelos, clásicos, medievales y propiamente renacentistas, de los que disponen los escritores para crear sus obras. Sin embargo, una máxima común preside en todas ellas: enseñar deleitando.

Dentro de la prosa de ficción, una parte de la crítica ha establecido una clasificación metodológica que divide las obras en narraciones de carácter “idealista” y narraciones de carácter “realista”. Al margen de esta dicotomía, vamos a centrarnos ahora en los géneros de la narrativa áurea.



La Novela de Caballerías



La literatura caballeresca gozó de una considerable tradición medieval, formada por diversos ciclos: materia troyana, bretona, francesa y el ciclo artúrico convertido en tradición legendaria europea. Como valioso precedente en la literatura española contamos con El caballero Çifar que data del s.XIV. Las novelas de caballerías se sustentan sobre tres pilares básicos: las aventuras caballerescas, el amor y la religión. Los héroes son personajes planos y arquetípicos ya que el interés se concentra en la acción y no en la profundidad psicológica. La estructura de estas novelas es episódica, se ensartan diferentes aventuras que siempre dejan un final abierto para dar pie a una nueva continuación. Así, la propia esencia del género contiene el germen de su descomposición, ya que cada generación de caballeros debe superar las hazañas de los precedentes, de modo que las últimas caen en una desmesurada exageración y degradan inevitablemente el género. Llegados a este punto, conviene preguntarnos por qué de todas las novelas de caballerías existentes, Cervantes, en el escrutinio de la Biblioteca, sólo salvará a dos ejemplares. Éstos serán el Amadís, porque el personaje le sirve de inspiración a don Quijote en tanto que representa el héroe individual que afronta un destino incierto, y el Tirant lo Blanc por su carácter verista y  profundidad psicológica. Con esta elección Cervantes apuesta por unas obras que, aun pertenenciendo al género de los libros de caballerías, se distancian de sus parámetros convencionales y ofrecen una singular visión del mundo caballeresco sino más cercana a la “realidad”, sí más verosímil.



La Ficción morisca



Es un género típicamente español que tiene como precedente más cercano los romances fronterizos. Son novelas ambientadas en la Reconquista o la guerra contra los turcos y narran aventuras en las que moros y cristianos ostentan la misma gentileza, ya que el reconocimiento de la virtud del oponente se sitúa por encima de las diferencias de raza o religión. Luis Morales Oliver distingue dos variantes:

La novela morisca compuesta por la novela fronteriza y la novela granadina, en ambos tipos de relato aparece el arquetipo del moro como síntesis idealizada del caballero y el enamorado. La obra más representativa es La historia del abencerraje y la hermosa Jarifa.

La novela de cautiverio, con escenario en África. El cautivo simboliza los sufrimientos del caballero cristiano y a su vez refleja la problemática de las guerras contra los turcos y los cautiverios en Argel. De ahí que en la pluma de Cervantes, estas narraciones adquieran tintes autobiográficos. El novelista incluye pequeños relatos de este tipo en La Galatea, el Persiles y también en El Quijote (Historia del capitán cautivo).



La Novela Pastoril

Es una de las modalidades fundamentales de la prosa de ficción renacentista en España, caracterizada por su contenido idealizante y por su estética neoplatónica. Aunque los fundamentos de la novela pastoril han de buscarse en Teócrito y Virgilio, en Boccaccio y Sannazaro, en la lírica áulica y la prosa de la primera mitad del siglo XVI, el género propiamente dicho ocupa la segunda mitad de esta centuria y las dos primeras décadas del siglo XVII: las dos fechas de referencia son, al comienzo, Los siete libros de la Diana de Jorge de Montemayor, publicados en 1559; en el ocaso del género, Los pastores del Betis, que vieron la luz en 1633.

En estas novelas los personajes son pastores refinados y cortesanos; el tema, el amor idealizado propio del neoplatonismo; el escenario, la naturaleza estilizada del locus amoenus. Frente a los excesos pasionales de las novelas de caballerías y las novelas sentimentales, las quimeras sentimentales se cantan con serena melancolía, a menudo alternan la prosa y el verso. Son obras lentas y morosas, apenas hay acción y abundan las descripciones preciosistas y las digresiones neoplatónicas.

El crítico Antonio Rey Hazas ha llamado la atención sobre las convenciones propias del género. Señala como rasgo definitorio la elección de los protagonistas, ya que el ocio pastoril les permite concentrarse en el melancólico canto amoroso. Subraya también la curiosa combinación del espacio mítico propio de la Edad de Oro, poblado de seres naturales, con la geografía concreta de Portugal o Sevilla. Aunque matiza que este paisaje es más bien un marco estático que actúa como eco de las desgracias del personaje.

Como obras más representativas del género contamos con Los siete libros de la Diana enamorada de Jorge de Montemayor, mejora el modelo de Sannazaro pues aporta estructura novelesca unitaria al mosaico de églogas pastoriles del italiano. La obra tiene un final abierto, en las últimas líneas Montemayor asegura que habrá una segunda parte, no cumplió su promesa y fue Gaspar Gil Polo quien la continuó en su Diana enamorada. La aportación de Cervantes al género corresponde con la aparición de la primera parte de La Galatea, la segunda parte que anunció nunca llegó a ver la luz. Está formada por una serie de cuadros entrelazados donde los pastores idealizados expresan sus sentimientos y penalidades amorosas. Avalle-Arce y López Estrada insisten en cómo Cervantes enriquece la ficción pastoril complicando su estructura narrativa e introduciendo temas nuevos que, a veces, rompen con el canon idílico impuesto a lo pastoril. Lope de Vega en La Arcadia construye una ficción en clave, recrea amores auténticos bajo nombres encriptados. Este “biografismo” es una de las aportaciones de Lope a un género que a finales del s.XVI ya se hallaba en decadencia.

Novela Bizantina

Los orígenes de la novela bizantina se remontan a la Grecia helenística (siglos III-IV). En la literatura española existe un curioso precedente, El libro de Apolonio (s.XIII), obra del Mester de Clerecía que constituye el relato más antiguo en cuaderna vía. En estas novelas de amor y aventuras, los protagonistas son siempre dos jóvenes amantes que desean casarse y encuentran graves dificultades que les obligan a realizar un viaje heroico al estilo de La Odisea, lleno de peligros que deben superar hasta que el amor y la fe consiguen vencer todos los obstáculos.

Los preceptistas del Renacimiento defendieron este género que consideraban como auténtica épica en prosa debido al origen clásico, las pretensiones de verosimilitud y la visión moralizadora de la vida. Por esa razón, frente a la función de entretenimiento asignada a los libros de caballerías, la novela bizantina aboga por el didactismo y suele considerarse la novela propia de la Contrarreforma, ya que el peregrino viene a ser la alegoría del cristiano que vaga por un mundo lleno de peligros.

Entre las aportaciones españolas destacan El peregrino en su patria de Lope de Vega que tiene como peculiaridad el hecho de que todas las aventuras se desarrollan dentro de España y, además, intercala abundante poesía lírica y dramática. Los trabajos de Persiles y Segismunda, obra cervantina publicada póstumamente (1617), los azares de la novela siguen el modelo bizantino, pero todo está sometido a las leyes de la verosimilitud, de tal modo que la peregrinación de los protagonistas se convierte en alegoría humana en la que hay que superar una serie de “trabajos” o “pruebas” para conseguir una progresiva perfección que termina en Dios.

La novela corta de tipo italiana. Las Novelas Ejemplares de Cervantes.

Las novelas cortesanas, lo que  hoy denominamos como “novela corta”, son narraciones breves de ambientación urbana y tema variado aunque con tendencia a lo amoroso, que desarrollan una acción en un periodo de tiempo breve y con un estudio psicológico de los personajes. Suelen incluir ingredientes costumbristas, picarescos o pastoriles. Se trata de una literatura de evasión cuyo objetivo principal es el de entretener. Las fuentes deben buscarse en El Decamerón de Boccaccio, influencias de relatos griegos y la novela sentimental del s.XV.

Cervantes que ya había intercalado narraciones de este tipo en la primera parte de El Quijote (El curioso impertinente, las historias de Cardenio y Luscinda), se proclama creador del género en el prólogo a las Novelas ejemplares (1613), el título guarda una doble intención, servir como ejemplo a otros novelistas y ser ejemplo moral.

Las Novelas Ejemplares parecen haber sido concebidas como muestreo genérico dentro de la tradición italiana del relato breve, pues en ella se pasa revista a la práctica totalidad de las modalidades propias de esa corriente: la novela bizantina, la cortesana, la lucianesca. Aparentemente son relatos independientes que suelen clasificarse según planteamientos idealistas o realistas, por los temas o por el lenguaje más o menos culto. Tradicionalmente estas obras se clasifican en dos grupos:

En el primero encontramos historias de influjo italiano por la idealización y la fantasía que las envuelve; se tratan temas amorosos en las que los obstáculos se superan mediante un desarrollo convencional de la trama hasta llegar a un final feliz. Apenas hay profundidad psicológica. Sirvan como ejemplos La gitanilla o La ilustre fregona.

En el segundo grupo predomina la pintura de ambientes y los cuadros de costumbres, por lo general con intención crítica, como en El celoso extremeño. En estos relatos suele haber dos protagonistas que dialogan y su conversación permite contemplar dos perspectivas diferentes, esto sucede en dos novelas de corte picaresco, como Rinconete y Cortadillo o El coloquio de los perros.

Fuera de ambos grupos queda El licenciado vidriera. Mediante una trama sencilla que narra la historia de un individuo que se cree de cristal, el autor enlaza una serie de proverbios y sentencias. Igual que ocurre en El Quijote, la locura del protagonista permite la crítica social y el retrato de la época.

Los relatos celestinescos

Como ha dicho Criado de Val “La Celestina no es sólo el título de una obra literaria, sino el de toda una familia”. El tema, el ambiente y el estilo creados por la Tragicomedia de Calisto y Melibea se desarrollaron ya en un conjunto de textos de la primera mitad del XVI, se trata de tres “Celestinas”, unas continuaciones de la obra de Rojas en las que se recrea el ambiente marginal y el lenguaje de la calle. Dos de ellas se deben a Feliciano de Silva y Gáspar Gómez de Toledo, y la tercera Tragicomedia de Lisandro y Roselia, es anónima, limita la comicidad y recupera el dramatismo original.

Con unas características afines al género celestinesco se nos presenta La lozana andaluza de Francisco Delgado, novela dialogada de contenido fuertemente erótico y explícita crítica anticlerical que reproduce con frescura el registro coloquial. Esta obra de entretenimiento, que no excluye el retrato costumbrista y la sátira social, narra la carrera de Aldonza como prostituta y alcahueta en Roma, capital de la inmoralidad en el siglo XVI, y recrea el ambiente marginal y lupanario. Suele considerarse como una obra de transición entre el género celestinesco y el picaresco.

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